Ya en casa

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Es cierto que ves cosas en Tanzania que te partirían en corazón, pero no lo puedes consentir. Con el corazón partido no puedes hacer nada, sólo puedes cerrar los ojos y mirar para otro lado y Tanzania hay que mirarla de frente y con  el corazón entero.

Ha llovido sólo dos días y empiezan a aparecer flores entre la hierba seca, hojas en los espinos, los árboles, aún sin hojas, empiezan a florecer.

Cuando has vivido los años cincuenta en España, ves que no hay tanta diferencia entre la situación que había entonces en este país y la que hay en Tanzania ahora.

Tienes que agarrarte a que si  nosotros nos movimos de donde estábamos, ellos también pueden hacerlo: trabajo infantil, aislamiento de poblaciones, tierras secas y ásperas, maltrato, corruptelas, falta de infraestructuras… Todo esto lo he vivido de cerca, lo más leve en mi persona, pero todo lo he visto directamente, no es que me lo hayan contado.

El desánimo de la crisis, de los vaivenes de la economía, el juego de los especuladores, no deben quitarnos las fuerzas y el ánimo de seguir luchando por ese mundo más justo y solidario que soñaron hace ya veinte años un grupo de universitarios en Madrid.

, otro mundo es posible; , las personas primero; , derecho al agua y saneamiento; , pobreza cero;, al cumplimiento de todos los objetivos del milenio; sí a tantas y tantas cosas con las que, aquellos estudiantes y los de ahora, se sienten involucrados y por las que siguen luchando en esta organización.

El pueblo tanzano está orgulloso de su convivencia de distintas etnias, de distintas religiones, de distintas edades, de ser pacíficos. Merece nuestro esfuerzo, merece nuestro apoyo para que puedan, como nosotros hicimos años atrás, dar un paso adelante y alcanzar en este mundo el lugar que todo ser humano merece ocupar.

Con esto me despido de vosotros; gracias por las palabras de ánimo, gracias por vuestro seguimiento; gracias por haberme acompañado en esta aventura que la mayor parte del tiempo ha consistido, simplemente, en darle a la tecla en una oficina un poco más al sur y espero muy sinceramente que estas notas hayan servido para moveros algo dentro y animaros a participar en el reto que es “ALCANZAR UN MUNDO MÁS JUSTO Y SOLIDARIO”.

Sábado

La meseta castellana

La meseta

Dormir, dormir, lo que se dice dormir, más bien poco. Entre las juergas de unos y los anuncios de vuelos, he podido echar cabezacitas. Luego, nuevo vuelo de casi siete horas y de vuelta a casa.

Poco más hay que contar. Sólo quedan algunas reflexiones para otro día, y deciros que en mi primera noche en casa, cuando me he levantado a media noche he comenzado a palmear el aire para retirar una inexistente mosquitera.

Viernes

A las cuatro de la mañana me ha despertado el estruendo de la lluvia y el picor de las picaduras de mosquito. Me he fumigado convenientemente y, afortunadamente, he  seguido durmiendo con los tapones puestos en los oídos.

Por la mañana he pasado por la oficina, me faltaban un par de fotos y quería aprovechar la maravilla de usar el ordenador sin trompicones. Me he despedido de la gente (no de David, que estaba reunido) y he vuelto a la residencia, a las doce y media he comido, he cerrado la maleta y a esperar al taxista.

La ida al aeropuerto ha sido el atasco más grande que he vivido en Dar, probablemente porque es el camino también del puerto y la carretera está llena de camiones con contenedores, de manera que en un momento determinado el taxista ha girado en prohibido y ha tomado la dirección contraria, mejor dicho en sentido contrario, ha abandonado la avenida por la que íbamos y se ha metido por callejas sin asfaltar y embarradas, con algunos charcos que llegaban hasta la mitad de las ruedas de los coches y ha conseguido llegar a tiempo al aeropuerto, y digo a tiempo porque entre la cola de control de equipaje número uno, la cola de comprobación de que llevas la documentación correcta para el gusto de la compañía, la hora que he estado esperando, de pie, para poder facturar, la cola de inmigración, la del siguiente control de equipaje, llega uno a la conclusión de que lo que dicen algunos es verdad: es mejor ir en moto. Claro que no con semejantes barrizales.

Por fin, un vuelo perfecto con mis compañeros de asiento, una pareja sueca que había ido a subir al Kilimanjaro, conmovidos porque una ancianita sea voluntaria, me han dado los chelines tanzanos que les quedaban para que la siguiente persona que vaya a Tanzania los lleve. Así se hará.

Aeropuerto de Doha, enorme, modernísimo y lleno de gente hasta los topes, nuevo control de seguridad con su correspondiente cola serpenteante, y aquí estoy escribiendo cuando ya es sábado, antes de buscarme un rincón tranquilo, cosa harto improbable dada la afluencia de público, para acurrucarme y echar una cabezadita, que mi vuelo comienza el embarque a las 6:15 y es la 1:10.

Jueves

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He hecho la maleta, me he despedido de Mama Mrutu quien nos pasaba huevos de sus gallinas en agradecimiento a que le pasáramos todos los restos vegetales que producíamos, me he despedido de la gente que había en la oficina y he  esperado la hora de que me llevara Ema al aeropuerto. Han sido unos días intensos en los que creo que he tenido  bastante contacto con naturales de allí. Creo que es bueno que nos conozcamos, de forma que aquí están en  orden alfabético, aunque no todos. También sería bueno meter al personal de nuestra contraparte, pero se me quedarían fuera demasiados porque no los conocí.

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El vuelo ha sido en el mismo tipo de avión que llegué, pero, no sé si porque hacía escala en Zanzíbar, el Kilimanjaro se me ha escapado.

Una vez en Dar, me ha recogido el taxista, he dejado el equipaje en la residencia y me he ido a la oficina, donde Internet, comparado con Same, iba a una velocidad de vértigo. De ahí que haya podido avanzar tanto en poner fotos y comentarios.

Luego, cena en la playa, con música en directo, con David.

Miércoles, la gran sorpresa

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Oficina

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Para hoy, Silvia me tenía preparado un premio: una visita a las primeras instalaciones que se hicieron en la zona de Same. Cuando Ema, el conductor, ha estado disponible hemos salido hacia Emunguri donde viven los masai.

Iba a ver las primeras realizaciones de aquel dinero que concedió la UE a finales del último año que tuvimos la sede en la ETSI Industriales, cuando durante la celebración de despedida, de local, de año y todo eso un joven prometedor me dijo emocionado algo así como: “Si me hubieran preguntado qué quería hacer durante los próximos cinco años habría contestado que llevar agua a Same, porque les he visto golpear el suelo hasta con piedras y hoy nos ha llegado la comunicación de que el dinero está concedido”.

Bien, pues cuando íbamos el conductor y yo por el camino que parece que es el agua cuando llueve quien lo hace porque es como una torrentera llena de curvas, he recordado esa escena y he pensado  lo que iba a ver y los que me conocéis podéis imaginaros lo que ha pasado: han comenzado a saltárseme las lágrimas. El pobre Ema creo que se ha quedado sin saber qué pasaba y yo sin poder explicarlo porque si pretendía hablar iba a llorar a moco tendido sin poder parar, de forma que hemos guardado un discreto silencio disfrutando del paisaje, de los saltos del coche y de la música africana que sonaba en la radio.

Hemos visto el punto donde estaba el pozo, fotos, el depósito, fotos, en ambos sitios siguen siendo perfectamente legibles los carteles de los donantes, hemos pasado de largo por una escuela y, por fin hemos llegado a una fuente rodeada de mujeres, niños y, algunos hombres, masais y su ganado menor: burros y cabras.

Hemos bajado del  coche y Ema les ha pedido permiso para que sacara fotos y en esto se me vienen dos mujeres hablando en swajili muy agitadas: me recordaban de la visita que había hecho el mercado la semana antepasada. ¡Hasta nos hemos abrazado como antiguas amigas! La anécdota está en que Concha les compró unos chupa-chups y ellas daban a chupar a los hijos que tenían mamando en sus brazos. Concha les regañaba diciendo que el azúcar es malo para los bebés  y ellas se reían y volvían a darles chupa-chup en cuanto Concha no se daba cuenta. Eran como niñas traviesas jugando y probablemente sean eso, niñas madres.

Las cabras bebían en barreños que tenían separados de la fuente y los burros esperaban pacientemente a ser cargados.

Grandes risas, cantidad de fotos, que miraban interesadísimas en la pantalla de la cámara cantando a coro el nombre de quien aparecía en la foto, y un señor, de apariencia mayor, y que llevaba en la cabeza un gorro de piel ruso (bajo un sol de justicia en mitad de la estepa africana) nos miraba complacido. Él también ha posado gustoso, más manos estrechadas, más saludos dichos al revés como siempre me ocurre y con grandes risas por su parte.

Abrevadero

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Hemos seguido hasta una fuente para ganado rodeada de unos animales primos de las vacas (ya no me arriesgo a poner ningún nombre del que no esté absolutamente segura) esta vez cuidado principalmente por hombres.

De nuevo Ema ha pedido autorización para mi intromisión y han venido a saludarme y estrecharme la mano (aquí se hace tres veces, o más, seguidas, pero cambiando la posición de la mano). Les ha encantado que les fotografiara, se han acercado algunas mujeres, jovencísimas y una de ellas ha intentado venderme una cruz hecha de cuentecitas que llevaba colgada y yo he pedido a mi encantador intérprete que le dijera aquello de que no podía mejorar de dueño y ella ha propuesto hacerme una para el día siguiente. Respuesta: ella se va mañana con lo que el asunto ha terminado ahí.

Cuando nos íbamos se han acercado dos señores al coche porque querían hablar conmigo. Ema les había advertido que el problema que querían plantear era ya conocido y yo no podía hacer nada, pero han insistido en hablame. Será, seguramente, por las canas, que aquí inspiran mucho respeto. Me han contado que necesitan un generador porque tuvieron uno, pero luego, una fábrica de quesos que instalaron junto a ellos, emplea el generador para su propio uso y a ellos no se les llena el depósito por la noche y no tienen suficiente agua. Les he asegurado que yo no podía hacer nada más que transmitir su inquietud, y que lo haría. Daba escalofrío pensar y notar que creían que diciéndomelo a mí la cosa iba a tener remedio. Les he hablado mirándoles a los ojos y con toda sinceridad. Pero en este momento económico ¿Quién puede prometer un generador?

Nos hemos marchado con un poco de amargura y enseguida se ha visto la fábrica de quesos que es un contenedor  enorme que trajo una ONG Holandesa y donde hacen un queso bastante rico. Allí hay dos depósitos que parece ser llenan primero y luego ya cargan el depósito que abastece al pueblo. O no lo cargan.

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Hemos seguido nuestro camino, parado junto a un baobab enorme, donde nos hemos fotografiado mutuamente, y hemos seguido hacia otros puntos de agua, como el de Mjoro y trepando con el Land Rover por montañas no muy altas, pero caminos sí muy malos, hemos llegado a Vumari. Allí no había nadie cogiendo agua, de forma que no he podido resistir la tentación de la foto lavándome las manos.

Y ya, de vuelta hacia Same, comer y a la oficina, contenta de haber tenido esta estupenda oportunidad.

He seguido tratando de subir fotos en la oficina y la cena en un “Hotel de Lujo” donde han tardado hora y media en servirnos, pero eso es tranquilidad.

Martes

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Hoy también era oficina, sin más, pero lo cierto es que, después de un plantón considerable, a las once y media he decidido bajarme al pueblo a dar una vuelta. Ida en taxi. Recorrido por el mercado local, donde no me he atrevido ni a sacar la cámara, tal era la expectación que producía mi presencia, pero los olores y los colores me han sentado el ánimo.

He paseado por las calles “robando” fotos. Estas cámaras que te permiten hacer fotos disimuladamente son un tesoro. Las fotos están torcidas, pero nadie se daba cuenta de que las estaba haciendo.  El canal que separa las tiendas de la calzada es para evitar que en la temporada de las grandes lluvias, si es que vienen, el agua llegue a los comercios. El sistema para cruzarlos produce un poco de inseguridad porque no está claro que vayan a soportar el peso de alguien como yo. El camión lleno de gente no era algo forzado: estaban cantando todos alegremente.

Luego del paseo por el pueblo, pequeña compra y al ir a volver había al menos siete taxis ofreciéndome sus servicios, de forma que he decidido que volvía andando; he comprado una botella de agua y, pian pianito, he vuelto a la oficina, pensando que no estaba en España, que estaba en Tanzania y que tenía que acostumbrarme a los usos locales, pero al mismo tiempo tenía que luchar con la rabia del tiempo perdido. He atravesado un barrio entre el pueblo y el nuestro que tenía un aspecto bastante más pobre que donde nosotros estamos. Las fotos son también robadas.

Al final, cuando he llegado a la oficina he podido mantener la reunión atrasada que ha resultado tener unas consecuencias, en cuanto a trabajo, bastante más leves de lo que pensábamos.

He ido a casa a hacer la comida puesto que mis compañeras de vivienda no tenían claro cuándo y cómo iban a comer. Al final ha aparecido Silvia y hemos preparado y comido una mezcla deliciosa de verduras pochadas. Es otra de las cosas que echaré de menos en Madrid: aquí las verduras saben.

Por la tarde vuelta al trabajo a  sacar adelante lo que se me había solicitado por la mañana y a seguir desesperándome con internet.

Por la noche era la despedida de Fátima y hemos ido a un sitio cercano a cenar con algunos compañeros de la oficina y Concha; discusiones sobre el hecho de que en España no seamos Mrs. y conservemos nuestro apellido, sobre el consumo o no de alcohol y vuelta a casa que aquí hacemos casi, casi vida de gallinas.

Domingo

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Seis de la mañana, arriba. Recogida, desayuno y hacia la estación de autobuses. Esta vez sí que era como un avión dos asientos a un lado y tres al otro. Me he sentado a las ocho de la mañana y me he levantado a la una menos diez al llegar a Same.

Taxi a casa, comida y tarde de ordenador. No he hecho ni una foto, pero os había prometido poner alguna de la inauguración de unas fuentes el miércoles pasado en Majengo y Maore.

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Silvia me las ha pasado hoy, junto con alguna que me hizo en el famoso hotel El Elefante de Maore cuando yo me quedé sin pilas de ningún tipo. Así os reís un rato.

El lunes, también oficina, nada que contar.

Sábado

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Monte Meru - Hay más

Monte Meru - Hay más; pincha

El parque a visitar era el de Tarangire, famoso por sus elefantes y baobabs. No es obligatorio ver el tocho de fotos que quiero cargar; son sólo unas “poquitas”. Las hijas del conductor, de cinco y siete años, me han saludado en un correcto inglés pues van a un colegio bilingüe. También me han regalado el oído con un intento de canción que les ha enseñado una profesora española, pero me temo que, bien ellas, bien la profe, se comían alguna estrofa,  cosa que, unida a su lengua de trapo, hacía que costara reconocer el “Adiós con el corazón…”, pero la intención la han puesto.

El viaje es largo y todo ha ido bien. Los grupos de casas redondas son casas Masai y parece ser que en cada casa redonda vive una de las esposas.

Respecto al parque ¿qué puedo deciros, seguidores de los reportajes de la BBC o del National Geographic? Pues muchos animales, algunos adivinados más que vistos, otros tan cerca que imponían y pájaros menos conocidos para mí, a los que intentaba fotografiar con poco éxito.

A la hora de la comida, en un balcón sobre el río Tarangire, nos han avisado de que no nos pusiéramos muy próximos a la barandilla porque aparecían ejemplares de un tipo de primates, la saltaban y se llevaban las bolsas o cajas de comida. Desde donde estábamos hemos visto cómo lo hacían tres veces.

Después de comer las niñas se han dormido y hemos seguido viendo cómo los elefantes se comen la corteza de los baobabs hasta pelarlos, para sacar algo jugoso que comer.

De vuelta en Arusha no había luz en el hotel lo que implica que tampoco agua caliente. Me han traído un cubo de agua hirviendo y un cazo y a base de mezclar poquito a poco me he lavado. Luego, cena y a la cama.

Viernes

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Hoy ha sido un día especial para mí. Silvia, con la ayuda de otras personas de la oficina me ha organizado un viaje por mi cuenta. ¿Que qué tiene de especial? Pues que no hablo nada de swajili. Tal vez cuando llegue a casa se me ilumine la mente, pero hoy por hoy digo hola en lugar de adiós, buenas noches en lugar de buenos días y jamás empleo las fórmulas de cortesía adecuadamente.

Tras el largo proceso de preparar la maleta de fin de semana, ya que, además, llovió por la mañana, he bajado a la oficina, he estado un poco trasteando pacientemente con Internet y, a las 12, Bulalu me ha bajado al pueblo y me ha dejado al cuidado del responsable de viajeros para el Dar Express, que tiene de diferencia con los microbuses que tienes un asiento seguro para ti solo. El espacio por viajero, como si fuera un avión: más bien escaso.

El autobús de las 12:30 ha llegado a las 13:10: he trepado a él y el responsable de viajeros me ha acompañado hasta mi asiento, pasillo, junto a un joven afortunadamente delgadito, pero que ha llevado su codo en mi bazo hasta que se ha bajado en Moshi.

Las cortinas iban casi cerradas y las ventanillas también, con lo que el ambiente en el autobús era denso a más no poder.

Cuando llevábamos como una hora de camino ha comenzado a jarrear y el autobús ha tenido que cruzar algunas ramblas.

Que empiece a llover ya es una maravilla porque parece ser que en la zona de Arusha, que es donde estoy ahora, hacía tres meses que no llovía, de forma que si cuando por fin puedo ir a ver un parque natural los animales llevan paraguas,  tendré que conformarme porque quejarse sería una pasada.

 Al cruzar frente al aeropuerto de Kilimanjaro he avisado al transporte que tenía concertado para que supiera que me acercaba. Cuando he llegado a mi destino, bajo una lluvia respetable, me ha rescatado de todos los cazadores de turistas que estaban allí.

Durante el viaje imposible hacer fotos porque primero, no tenía ventanilla y segundo la corteza de los cristales no permitía esos lujos, de forma que van unas pocas del hotel Ethiopia que es donde me alojo.